La caída de la oferta de Rovella por Manantiales Behr no fue un accidente de mercado. Fue el desenlace de una operación que nació desbalanceada: precio extraordinario, respaldo incierto y un apuro que terminó pesando más que la prudencia.
El directorio de YPF resolvió avanzar con PECOM por 400 millones de dólares, luego de que venciera el plazo para que Rovella integrara el 60% inicial comprometido en la propuesta de 575 millones que había sido anunciada ante la Comisión Nacional de Valores. El número era impactante. La foto también. Lo que faltaba era el fondeo.
Y el fondeo nunca apareció.
No se trata de una sorpresa. En febrero advertimos en “Manantiales Behr y la venta que todavía no cierra” que la operación estaba atrapada entre una oferta ambiciosa y un mercado financiero mucho más restrictivo que el de otros ciclos. Señalamos que una propuesta agresiva, sin acreditación efectiva de financiamiento, podía transformarse en una venta en suspenso. Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Antes, en diciembre, en “Manantiales Behr y la competencia de cartón: así se licúan activos del Estado” , el foco estaba puesto en otra dimensión del problema: la arquitectura de la competencia. Empresas formalmente independientes, ecosistemas compartidos, superposición de habilitaciones y estructuras societarias que, sin violar necesariamente normas explícitas, pueden distorsionar el resultado real de los procesos.
Hoy ambos planos se cruzan. Una oferta que alteró el rango de valuación original del activo. Un financiamiento que no se integró. Un anuncio formal que debió retroceder.
La secuencia es clara. El proceso de venta, gestionado por Banco Santander, se movía en un rango cercano a los 300 millones de dólares, consistente con el interés de operadores con experiencia en áreas maduras. La irrupción de los 575 millones modificó el tablero de inmediato. El argumento fue maximizar valor. Pero en el negocio energético el valor no se declama: se acredita.
Cuando el plazo para integrar el 60% inicial venció sin que los fondos estuvieran depositados, el directorio decidió no extender la espera. La operación “récord” se cayó. YPF activó entonces la segunda oferta, la de PECOM, por 400 millones.
La diferencia no es menor. Tampoco lo es el mensaje.
Manantiales Behr no es un activo marginal. En 2025 produjo 1,6 millones de metros cúbicos de petróleo, casi 10 millones de barriles, equivalentes a alrededor del 7% de la producción total de YPF. Con un precio promedio estimado de 65 dólares por barril, la producción bruta anual ronda teóricamente los 650 millones de dólares antes de regalías, impuestos y costos operativos. No es una venta periférica: es uno de los principales activos convencionales de la compañía en la Cuenca del Golfo San Jorge.
El problema no es que una oferta se caiga. En cualquier mercado eso puede suceder. El problema es haber adjudicado y comunicado como cerrada una operación que dependía de un financiamiento que no estaba acreditado en tiempo y forma.
Precio alto.
Respaldo insuficiente.
Anuncio prematuro.
La maximización de valor se transformó en una ficción contable durante algunas semanas. El mercado celebró un número que todavía no existía en caja. Cuando la realidad financiera alcanzó al expediente, el directorio tuvo que retroceder.
Ahora PECOM se queda con el activo. La pregunta no es si el nuevo comprador podrá operarlo. La pregunta es por qué el criterio de ejecutabilidad no fue el eje desde el inicio. Por qué el impacto inmediato del número terminó imponiéndose sobre la solidez del cierre.
La energía no es una planilla. Es infraestructura estratégica. Cuando las decisiones se apuran para mostrar resultados, el costo no siempre es visible en el momento del anuncio. A veces aparece después, cuando el mercado financiero exige lo único que no admite relato: dinero acreditado.
Manantiales Behr cambia de manos. Lo que queda es el precedente. Y los precedentes, en política energética, pesan más que los comunicados.