Mientras el “León” de Olivos se entretiene en la red social X peleándose con fantasmas del comunismo internacional, en la vida real —esa que transcurre a miles de metros sobre el nivel del mar y lejos de los trolls de Casa Rosada— el festín de los recursos naturales argentinos ha comenzado.
El protagonista de esta semana es Jack Lundin, el heredero del imperio minero canadiense, quien aterrizó en el país para recordarnos que, bajo el amparo del RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones), la Argentina ha pasado de ser una nación soberana a una góndola de ofertas de liquidación por cierre.Lundin, junto a sus nuevos mejores amigos de la australiana BHP, vino a “vender” el proyecto Vicuña en San Juan como la salvación nacional. Hablan de US$ 18.000 millones.
Suena a mucho, ¿verdad? Pero como siempre en el manual del colonizador moderno, la letra chica es la que nos deja sin cordillera y con los pasivos ambientales de regalo.El RIGI: La alfombra roja para el saqueo con “estabilidad”Para Lundin y Ron Hochstein (el CEO de la fusión entre Lundin y BHP), el RIGI no es una ley, es una bendición celestial. Y cómo no lo va a ser.
En una entrevista reciente, confesaron sin ponerse colorados que la “única” razón por la que el proyecto podría caerse es si no tienen el RIGI. Traducido al criollo: si no les garantizamos que no van a pagar un peso de impuestos por décadas, si no les aseguramos que pueden sacar los dólares sin que pase un solo billete por el Banco Central, y si no les regalamos la potestad de llevarnos a tribunales internacionales si algún futuro gobierno decide que el agua vale más que el cobre… entonces no vienen.
Es la lógica del extorsionador con traje de inversor. El gobierno de Javier Milei, en su afán por mostrar una “lluvia de inversiones” que no es más que una garúa de extractivismo puro, les ha entregado las llaves de la casa.
El RIGI es, en esencia, un contrato de alquiler donde el inquilino decide cuánto paga, no se hace cargo de las roturas y, si el dueño se queja, lo demanda en Nueva York.Vicuña: ¿Inversión histórica o despojo geológico?El “Distrito Vicuña” (que incluye a los depósitos Josemaría y Filo del Sol) se vende como una maravilla de la ingeniería. Lo que no dicen es que estas mega-explotaciones a cielo abierto consumen cantidades industriales de energía y agua, recursos que el pueblo de San Juan necesita para su propia subsistencia.
Dice Jack Lundin que la oportunidad para la minería “nunca fue tan grande”. Claro que no, Jack. Nunca antes hubo un gobierno tan dispuesto a desarmar la Ley de Glaciares para que las máquinas puedan morder el hielo donde nace el agua de los argentinos. Nunca antes hubo un Poder Ejecutivo que viera en la cordillera una simple “commodity” y no el ecosistema estratégico que realmente es.
“Vamos a estar aquí por 50 o 100 años”, dice Lundin con la tranquilidad del que sabe que el RIGI lo blinda contra la soberanía popular. Una condena a un siglo de dependencia, donde San Juan pone el suelo y los canadienses se llevan el sol
Es fascinante escuchar a estos empresarios hablar de la “transición energética”. Nos dicen que necesitan nuestro cobre para salvar al planeta del cambio climático. Es decir: hay que dinamitar la cordillera de los Andes, usar cianuro y gastar millones de litros de agua para que en Europa o Estados Unidos puedan usar autos eléctricos y sentirse ecológicamente superiores. La “ecología” de los ricos se financia con el sacrificio de los territorios del sur.
Y mientras ellos planifican cómo llevarse la riqueza por el puerto, aquí el gobierno celebra que “vienen capitales”. Capitales que, según el propio régimen del RIGI, a partir del tercer año no tienen la obligación de liquidar un solo dólar en el mercado interno. Es el sueño del pibe: saco el metal del suelo argentino, lo vendo en el mercado mundial, me quedo con los dólares afuera y a la Argentina le dejo una montaña de escombros y algunas regalías que, con suerte, alcanzan para pavimentar diez cuadras.
Un siglo de soledad (y extractivismo)
Lundin también sacó pecho por su nuevo descubrimiento, Lunahuasi, donde piensan gastar otros US$ 100 millones en exploración. La estrategia es clara: ocupar el territorio, marcar los puntos en el mapa y esperar a que el “clima de negocios” (léase: la entrega de derechos laborales y ambientales) termine de madurar.
Desde Denergia nos preguntamos: ¿Qué le queda al pueblo argentino después de esos “100 años” que promete Lundin? No nos engañemos. No es desarrollo, es saqueo con mejores relaciones públicas.
Mientras el gobierno actual festeja cada apretón de manos con los CEOs de Vancouver o Melbourne, la soberanía nacional se escurre por las grietas de una cordillera que ya no nos pertenece.
El León grita libertad, pero parece que la única libertad que le interesa es la de las multinacionales para llevarse hasta el último gramo de cobre sin mirar atrás.