El espejismo de la “vaca viva”: la paradoja de Vaca Muerta, el relato libertario y el petróleo que fluye hacia afuera mientras el país se seca
Por la redacción de dEnergia.com.ar
La retórica oficial de la administración de Javier Milei insiste en un mantra casi religioso: el mercado todo lo ordena. La desregulación es la llave de la abundancia y Vaca Muerta es la cornucopia inagotable que salvará las reservas del Banco Central. Bajo el ala de la Ley Bases y el pomposo Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI y su inminente Súper RIGI), el gobierno celebra cada barril exportado como un gol en la Copa del mundo. Sin embargo, cuando se rasca la superficie del “milagro neuquino” y se analizan las planillas reales de comercialización, el relato libertario choca de frente con una realidad mucho más opaca y colonial: Argentina se está convirtiendo en un mero enclave extractor o protectorado como se suele mencionar por estos días, donde el crudo fluye a velocidad récord hacia el exterior, los dólares se quedan afuera gracias al blend cambiario y la desregulación y el consumidor local paga por el combustible precios internacionales en surtidores asfixiados por la recesión.
Para entender el verdadero mapa de poder en el subsuelo argentino, es imperativo mirar quiénes se están quedando con las joyas de la abuela (o la parte del “León).
De acuerdo con datos consolidados de la industria, el negocio de la exportación del petróleo de Vaca Muerta (el ya famoso Medanito) ha dejado de ser una promesa para convertirse en un facturar constante, pero hiperconcentrado.
¿Quiénes son los verdaderos dueños de la fiesta que Milei aplaude desde la Casa Rosada?
El podio de los “mejores clientes” del crudo patagónico revela una alarmante dependencia de traders globales y refinerías internacionales que compran barato y capitalizan la desregulación total impuesta por la gestión de La Libertad Avanza.
Compañías de la talla de Shell Western Supply and Trading, la gigante Trafigura, Chevron y la brasileña Petrobras lideran el ranking de los despachos desde las costas bonaerenses y rionegrinas.
El petróleo neuquino viaja rumbo a refinerías en la Costa del Golfo de los Estados Unidos, Brasil y diversos puertos de Europa. El gobierno festeja los números récord de producción —que ya superan con creces los 400.000 barriles diarios solo en Neuquén— como si se tratara de un logro de su gestión macroeconómica, omitiendo deliberadamente que estas inversiones son el resultado de proyectos de infraestructura (como la duplicación del oleoducto de Oldelval o la reactivación del Oleoducto Trasandino hacia Chile) planificados, financiados y ejecutados mucho antes de que el actual presidente descubriera las bondades de las fuerzas del cielo.
La falacia libertaria radica en confundir “éxito exportador” con “desarrollo nacional”. El modelo que promueve la Secretaría de Energía, bajo los lineamientos del Palacio de Hacienda, apunta a la consolidación de una economía de enclave. El RIGI, diseñado a la medida de las corporaciones petroleras, otorga beneficios fiscales, impositivos y cambiarios escandalosos por los próximos 30 años.
Entre las prebendas más nocivas se encuentra la libre disponibilidad de divisas: las empresas gradualmente dejarán de tener la obligación de liquidar los dólares de sus exportaciones en el mercado interno. Esto significa que el crudo sale de Vaca Muerta, los dólares ingresan a cuentas en el exterior y las arcas del Estado argentino solo ven pasar las migajas de unas regalías provinciales congeladas en el 12%, un royaltie exiguo en comparación con cualquier otro país petrolero serio del mundo.
Mientras tanto, en el mercado puertas adentro, el panorama es desolador y expone la crueldad ideológica del gobierno. Bajo la premisa de la “paridad de importación” (la idea de que los argentinos deben pagar el combustible local al mismo precio que si fuera importado de Rotterdam o Houston), las naftas y el gasoil han sufrido aumentos desproporcionados que pulverizaron el bolsillo de la clase media y destruyeron la competitividad del transporte y la producción agrícola.
Milei y su equipo económico justifican este shock tajante argumentando que “sincerar los precios” es el único camino para atraer inversiones.
Lo que no dicen es que la producción de Vaca Muerta tiene uno de los costos de extracción (breakeven) más bajos del planeta, rondando los 30 o 40 dólares por barril. Obligar a los usuarios locales a pagar el combustible a un valor indexado a un Brent de 80 dólares no es “sinceramiento”; sino una transferencia de recursos monumental, directa y agresiva desde bolsillos trabajadores hacia el balance de las operadoras integradas y las grandes refinerías.
La ironía es total. El gobierno que venía a combatir a las “castas” y a terminar con los privilegios corporativos, ha creado un esquema “ponzi” de protección y rentabilidad garantizada para un puñado de firmas.
En este esquema, YPF, la petrolera de bandera controlada por el Estado (y con la acción de Oro en manos de nada menos que Manuel Adorni!) actúa bajo una lógica estrictamente privada y de corto plazo. Prioridad máxima para hacer caja que aceleren proyectos de exportación como el megaproyecto de GNL o el Oleoducto Vaca Muerta Sur.
Todo esto mientras resigna su rol histórico de regulador y amortiguador del mercado interno. La orden desde el Ejecutivo es ruinosa pero clara: comportarse como un fondo de inversión más, sin importar el impacto recesivo que la suba de combustibles pudiera generar en una economía con más del 50% de pobreza.
Portales especializados del sector ya advierten síntomas de fatiga de este modelo extractivista voraz.
Si bien los volúmenes de exportación crecen mes a mes impulsados por la necesidad imperiosa de las empresas de aprovechar el dólar blend y remesar divisas, la infraestructura local empieza a crujir por falta de inversión pública. El freno total a la obra pública decretado por Milei paralizó obras complementarias viales y energéticas claves en la Provincia de Neuquén.
Las rutas denominadas “del Petróleo” (como la Provincial 7 y la 51) están detonadas y se han convertido en trampas mortales para los trabajadores del sector debido al tránsito pesado continuo.
El gobierno nacional pretende que la infraestructura la financien los privados, pero las petroleras prefieren usar sus ganancias para pagar dividendos o reinvertir estrictamente “dentro del alambre” de sus yacimientos (en pozos y plantas de separación), desentendiéndose del colapso logístico y social que rodea a Añelo y las localidades satélites.
El balance de los “mejores clientes” de Vaca Muerta nos muestra el espejo de la Argentina que se viene si se consolida el programa libertario: un país que bate récords macroeconómicos en los gráficos de las consultoras de Wall Street, pero que se desangra internamente. Un país donde el crudo Medanito alimenta las refinerías sofisticadas del primer mundo, mientras las estaciones de servicio locales muestran caídas de ventas de dos dígitos porque los ciudadanos ya no pueden llenar el tanque para ir a trabajar.
Vaca Muerta no puede ser una timba financiera ni un botín para los grandes operadores globales del trading. La energía es “el” insumo estratégico por excelencia y el motor de la industria y bienestar de la población. Y no una simple mercancía (commodity) para rematar al mejor postor extranjero en nombre de una libertad abstracta que solo beneficia balances corporativos.
Pero para la mirada dogmática que hoy habita en la Rosada, la patria es “solo” una planilla de Excel y si bien afecta de lleno en el patrimonio de los argentinos, aquí aparece a cara descubierta como una liquidación por cierre. Una Vaca que aunque muerta aún da leche y mantiene a la población atada como a un cordero que está a punto de ser faenado.